Fabricando a ‘Mister Mike’… y su banda

Mister X

No hubo policías infiltrados. Ni siquiera existía un comprador para la colección de arte robada a Esther Koplowitz. Todo fue una patraña creada por los responsables policiales de la ‘operación Cuba’, una mentira que comenzó hace más de seis meses y fue creada tras un minucioso análisis psicológico de los ladrones. Así nació la banda de mister Mike, el millonario comprador de los cuadros que hizo caer a los delincuentes más escurridizos de España.

Un misterioso cincuentón de origen desconocido, emigrante de aluvión que hizo fortuna en Nueva York y logró la nacionalidad norteamericana, estaba ávido de llenar las paredes de su casa con la fabulosa colección de arte robada en casa de la millonaria española Esther Koplowitz. Un hombre sin rostro que trabajaba con un grupo de gángsteres e intermediarios y que estaba dispuesto a pagar 12 millones de dólares por el botín. Éstos eran los rasgos de mister Mike, el personaje inventado por la policía el pasado mes de diciembre, poco después de detener y dejar en libertad por el robo de los cuadros a Ángel Suárez y José Manuel Candela, jefes del grupo de delincuencia español más sofisticado.

Los funcionarios de la Jefatura de Madrid y de la Comisaría General de Policía Judicial decidieron actuar de este original modo tras llegar a la conclusión de que Casper y los suyos tenían serias dificultades para dar salida a la colección , sobre todo, ante el temor de que los ladrones destruyesen el botín (en algunas conversaciones habían explicado que ante la imposibilidad de vender los cuadros robados, cualquier día los “quemaban”).

Fue entonces cuando un equipo de psicólogos de la policía trazó un detallado perfil de los dos responsables de la banda, José Manuel Candela y Ángel Suárez.

El primero es un hombre serio, introvertido, desconfiado, amante de los retos, las mujeres exuberantes y la cocaína, que habla siete idiomas y tiene un “cociente intelectual cercano a 150”, según un agente que ha estudiado su conducta (una persona de inteligencia normal llega a cien de cociente). El segundo, más extrovertido, era la imagen de la banda, el más quemado, el relaciones públicas.

Hace seis meses, los dos se sentían seguros, sobre todo después de ser puestos en libertad. Gastaban decenas de millones de pesetas al mes en juergas, viajes, droga… En una noche especial gastaron cuatro millones de pesetas. Y mientras, trataban desesperadamente de colocar la colección de Esther Koplowitz que habían robado en agosto de 2001.

Pero cada uno de sus pasos era seguido muy de cerca por la policía. “No estaban infiltrados, estaban perforados”, asegura un responsable del operativo. Así, la espectacular mujer morena que hacía pesas junto a Candela en un gimnasio de la calle Pradillo de Madrid era una policía, al igual que uno de los camareros de su restaurante favorito… La vigilancia no se relajaba ni un solo día. Pese a todo, Casper, Candela y su grupo se sabían observados y tomaban extraordinarias medidas de seguridad en sus trayectos en coches de lujo, incluso fueron capaces de despistar a la policía en varias ocasiones.

Mientras, a muchos kilómetros de Madrid, en Nueva York, se lanzaba un mensaje entre los ambientes de marchantes de arte y hampones de la capital del mundo: “Hay un emigrante interesado en comprar la colección robada en casa de una millonaria española”. Todo para que no ocurriera como con los cuadros robados (de Vermeer, Rembrandt, Dégas y Monet) en un museo de Boston (Estados Unidos) hace 12 años, de los que nunca más se supo. “Se dice que es difícil vender cuadros tan conocidos, pero no es imposible”, asegura un experto español. “Hay muchos millonarios que pagan sólo por colgarlos en su dormitorio, ya sea en una playa virgen o en una mansión en la selva”, añade.

El mensaje llegó a los oídos de la banda, que tragó el anzuelo, y a mediados del pasado mes de mayo se produjo un contacto con los intermediarios de mister Mike, del que los delincuentes no debían saber nada, según les decían sus emisarios. Simplemente les dijeron que se trataba de un multimillonario nacido fuera de Estados Unidos que quería darse un gustazo. El intermediario con quien hablaba Candela, siempre en inglés, era también un policía español. “Llamarle mister X”, explican fuentes de la investigación.

Casper y Candela, conocido como Sapo, querían llegar a un acuerdo rápido, pero exigían el dinero por delante, un requisito inaceptable para mister Mike. Los diseñadores de la trampa midieron todos sus pasos, incluso en el mes de mayo, y con todo preparado, dieron dos plantones a los cacos para que éstos respetaran más a sus compradores y estuviesen más ansiosos. Todo bajo la supervisión de los psicólogos, que anticipaban las reacciones de uno y otro, que seguían estrechamente vigilados. “Fue un órdago, porque podían haberse echado atrás”, asegura uno de los agentes.

Finalmente, a mediados del mes de junio se concretó una nueva cita. Sería en una habitación del hotel Meliá Castilla, un territorio perfectamente conocido por Casper y los suyos. Había que darles confianza, tenían que sentirse seguros en su terreno. A la cita acudiría, por una parte, Candela, el hombre discreto pero despiadado. Debía llevar Las tentaciones de San Antonio, el cuadro de Peter Brueghel por el que mister Mike estaba dispuesto a pagar un millón de dólares. Por el resto del lote el falso millonario pagaría una cifra cercana a los 12 millones. En nombre de mister Mike acudirían al hotel el profesor Bob, un experto en arte que trabajaba para el magnate americano, y el intermediario de la operación.

Los dos emisarios de mister Mike debían llevar el dinero y enseñarlo antes de que Sapo mostrase al profesor Bob la tabla. Bob, que realmente era un agente del FBI especialista en arte, certificó la autenticidad del cuadro en siete minutos. Mister X salió a otra habitación en busca del dinero. Era la señal para que sus compañeros entraran y detuvieran a Candela. En el hall, otros policías hacían lo mismo con Casper. Al día siguiente, el vigilante de la casa de Esther Koplowitz, Luis Miguel del Mazo, se entregaba y confesaba su colaboración en el robo: “Me prometieron 300 millones”.

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